Los arquitectos son caprichosos, estoy convencida de que muchas veces sólo piensan en lo estético por encima de lo funcional o, peor aún de la seguridad de la gente.
A los diseñadores de calzado les pasa un tanto de lo mismo, se empeñan en hacer zapatos de tacones y plataformas imposibles que, estéticos son un rato largo, pero, el tema de la funcionalidad y la seguridad les es tan ajeno como una palmera a un oso polar.
Los zapateros (ésos que arreglan zapatos) son unos cabrones, sólo eso puedo decir por ahora.
Si mezclamos éstos tres elementos con una patosa empedernida...pues pasa lo que pasa.
Vayamos por partes (como decía Jack). Yo tenía unos zapatos negros monísimos, con un tacón de vértigo y plataforma, de punta redondeada y un poco elevada. Mi Santo los bautizó como los Killer, ya que no eran pocas las ocasiones en que me caía usando aquellas preciosuras. Lo reconozco, aquellos zapatos no eran cómodos ni seguros, y yo, sabiendo que soy una patosa empedernida, no debería usar semejantes artilugios, pero, tengo una debilidad absoluta por los tacones. No puedo evitarlo.
La suela de mis queridos Killer se había desgastado, y, como aún no quería deshacerme de ellos, los llevé a un zapatero para que les cambiara la suela y los dejara como nuevos, cosa que muy diligentemente hizo. Recogí mis zapatos, pagué el encargo y los guardé a buen recaudo para la próxima ocasión.
Para aquel entonces, yo buscaba empleo y, me surgió una entrevista en un despacho de abogados bastante cerca de mi casa, así que me vestí para la ocasión y salí rumbo a mi nuevo destino, y lo digo así porque yo siempre pienso que cuando voy a hacer algo me saldrá bien, así que, en ese momento, me decía a mí misma que ese trabajo sería mío.
El despacho de abogados estaba a una calle de los tribunales de Caracas (hoy no están allí pero en aquel entonces sí), el edificio de los tribunales estaba en la Esquina de Pajaritos, y el suelo de esa zona ERA DE MÁRMOL, por lo que eran habituales los resbalones.
Juro que cuando salí de casa el cielo estaba despejado, pero vivir en el trópico tiene sus riesgos, lo mismo estás con un sol radiante y a los cinco minutos cae un aguacero. ¡Y el aguacero cayó!, y yo estaba en Pajaritos cuando aquel suelo precioso de mármol empezó a mojarse a mas no poder.
Menudo panorama, vestida con un jersey fino negro, una minifalda color crema, unas medias del mismo tono y en los pies...los KILLER, no podía ser de otra manera.
Traté de caminar hacia los soportales para guarecerme de la lluvia, pero a cada paso que daba, tenía que luchar contra un desliz y evitar caerme al suelo y la cosa cada vez se ponía peor.
¡Patinaba!, literalmente ¡Patinaba!, y, sinceramente, nunca patiné bien así que intentar caminar para llegar a algún lugar bajo techo era simplemente el preludio de partirme la cabeza, por lo que me sujeté a la primera farola que conseguí y me quedé allí, en medio de la acera, y cayéndome un palo de agua encima. Además, para completar, mis pies seguían resbalando y se me abrían las piernecitas, por lo que cada cierto tiempo, tenía que subirme con los brazos para no terminar abierta de piernas en el suelo.
Yo sabía que ése suelo era resbaloso, pero aquello no era normal, con sólo mi peso ya mis zapatos resbalaban...y aquí es donde entra el ZAPATERO CABRÓN. Como ya os dije, los Killer eran negros y cuando les mandé a cambiar la suela el desgraciado del zapatero, al no tener la suela del color adecuado, le puso otra y la pintó de negro con lo que convirtió a mis ya peligrosos Killer en un arma de destrucción masiva.
Luego de un rato de estar abrazada a la farola, calándome hasta los huesos, un amable caballero, paraguas en mano, se acercó hasta mí y me dijo que me sujetara de sus hombros, que ya él me arrastraría a un lugar mas seguro ¡y eso hice!, aquel hombre me llevó deslizándome hasta las escaleras que bajaban al subsuelo del Centro Simón Bolívar, donde podría caminar sin lluvia y llegar a mi destino.
No sé cómo lo hice, pero aquel empleo fue para mí. A pesar de estar empapada y con la ropa pegada al cuerpo...bueno quizás ese fue el motivo, pero prefiero no darle vueltas jajaja, al final, el empleo fue mío.
De ese día, doy gracias a Dios por dos cosas. La primera, es por no permitir que me cayese estrepitosamente y me partiese la cabeza y, la segunda, que fuese en una época en el que las redes sociales eran desconocidas y que los smartphones no existían porque, de haber sido hoy en día, algunos hubiesen hecho fotos, otros hubiesen hecho vídeos, porque, realmente, una mujer agarrada a un poste, cayéndole tronco de palo de agua mientras sus piernitas van patinando cada una para un lado era algo que no podía dejar de grabarse. Luego, hubiesen subido mi sufrimiento a Facebook, Twiter, Tuenti o cualquier vaina de esas y mi imagen ya le hubiese dado la vuelta al mundo 10 veces como mínimo, si no es que llego a ser Trending Topic o el vídeo mas visto de Youtube.

