lunes, 29 de octubre de 2012

Pajaritos On Ice

O de como conseguí un trabajo "camiseta mojada"

Los arquitectos son caprichosos, estoy convencida de que muchas veces sólo piensan en lo estético por encima de lo funcional o, peor aún de la seguridad de la gente.

A los diseñadores de calzado les pasa un tanto de lo mismo, se empeñan en hacer zapatos de tacones y plataformas imposibles que, estéticos son un rato largo, pero, el tema de la funcionalidad y la seguridad les es tan ajeno como una palmera a un oso polar.

Los zapateros (ésos que arreglan zapatos) son unos cabrones, sólo eso puedo decir por ahora.

Si mezclamos éstos tres elementos con una patosa empedernida...pues pasa lo que pasa.

Vayamos por partes (como decía Jack). Yo tenía unos zapatos negros monísimos, con un tacón de vértigo y  plataforma, de punta redondeada y un poco elevada. Mi Santo los bautizó como los Killer, ya que no eran pocas las ocasiones en que me caía usando aquellas preciosuras. Lo reconozco, aquellos zapatos no eran cómodos ni seguros, y yo, sabiendo que soy una patosa empedernida, no debería usar semejantes artilugios, pero, tengo una debilidad absoluta por los tacones. No puedo evitarlo.

La suela de mis queridos Killer se había desgastado, y, como aún no quería deshacerme de ellos, los llevé a un zapatero para que les cambiara la suela y los dejara como nuevos, cosa que muy diligentemente hizo. Recogí mis zapatos, pagué el encargo y los guardé a buen recaudo para la próxima ocasión.

Para aquel entonces, yo buscaba empleo y, me surgió una entrevista en un despacho de abogados bastante cerca de mi casa, así que me vestí para la ocasión y salí rumbo a mi nuevo destino, y lo digo así porque yo siempre pienso que cuando voy a hacer algo me saldrá bien, así que, en ese momento, me decía a mí misma que ese trabajo sería mío.

El despacho de abogados estaba a una calle de los tribunales de Caracas (hoy no están allí pero en aquel entonces sí), el edificio de los tribunales estaba en la Esquina de Pajaritos, y el suelo de esa zona ERA DE MÁRMOL, por lo que eran habituales los resbalones.

Juro que cuando salí de casa el cielo estaba despejado, pero vivir en el trópico tiene sus riesgos, lo mismo estás con un sol radiante y a los cinco minutos cae un aguacero. ¡Y el aguacero cayó!, y yo estaba en Pajaritos cuando aquel suelo precioso de mármol empezó a mojarse a mas no poder.

Menudo panorama, vestida con un jersey fino negro, una minifalda color crema, unas medias del mismo tono y en los pies...los KILLER, no podía ser de otra manera.

Traté de caminar hacia los soportales para guarecerme de la lluvia, pero a cada paso que daba, tenía que luchar contra un desliz y evitar caerme al suelo y la cosa cada vez se ponía peor.

¡Patinaba!, literalmente ¡Patinaba!, y, sinceramente, nunca patiné bien así que intentar caminar para llegar a algún lugar bajo techo era simplemente el preludio de partirme la cabeza, por lo que me sujeté a la primera farola que conseguí y me quedé allí, en medio de la acera, y cayéndome un palo de agua encima. Además, para completar, mis pies seguían resbalando y se me abrían las piernecitas, por lo que cada cierto tiempo, tenía que subirme con los brazos para no terminar abierta de piernas en el suelo.

Yo sabía que ése suelo era resbaloso, pero aquello no era normal, con sólo mi peso ya mis zapatos resbalaban...y aquí es donde entra el ZAPATERO CABRÓN. Como ya os dije, los Killer eran negros y cuando les mandé a cambiar la suela el desgraciado del zapatero, al no tener la suela del color adecuado, le puso otra y la pintó de negro con lo que convirtió a mis ya peligrosos Killer en un arma de destrucción masiva.

Luego de un rato de estar abrazada a la farola, calándome hasta los huesos, un amable caballero, paraguas en mano, se acercó hasta mí y me dijo que me sujetara de sus hombros, que ya él me arrastraría a un lugar mas seguro ¡y eso hice!, aquel hombre me llevó deslizándome hasta las escaleras que bajaban al subsuelo del Centro Simón Bolívar, donde podría caminar sin lluvia y llegar a mi destino.

No sé cómo lo hice, pero aquel empleo fue para mí. A pesar de estar empapada y con la ropa pegada al cuerpo...bueno quizás ese fue el motivo, pero prefiero no darle vueltas jajaja,  al final, el empleo fue mío.

De ese día, doy gracias a Dios por dos cosas. La primera, es por no permitir que me cayese estrepitosamente y me partiese la cabeza y, la segunda, que fuese en una época en el que las redes sociales eran desconocidas y que los smartphones no existían porque, de haber sido hoy en día, algunos hubiesen hecho fotos, otros hubiesen hecho vídeos, porque, realmente, una mujer agarrada a un poste, cayéndole tronco de palo de agua mientras sus piernitas van patinando cada una para un lado era algo que no podía dejar de grabarse. Luego, hubiesen subido mi sufrimiento a Facebook, Twiter, Tuenti o cualquier vaina de esas y mi imagen ya le hubiese dado la vuelta al mundo 10 veces como mínimo, si no es que llego a ser Trending Topic o el vídeo mas visto de Youtube.

viernes, 12 de octubre de 2012

Mis aventuras con Mary

Mi primer empleo en España para mí fue una cruz, trabajaba con un déspota muy educado, que era capaz de minar tu autoestima y profesionalidad con las frases mas educadas que te podías echar a la cara.

Para mí, el paso del tiempo en aquel lugar constituía mi infierno particular en la tierra pero Dios me envió a un Ángel para que compartiera conmigo aquella carga y me ayudara a sobrellevarlo.

Mary empezó a trabajar conmigo, también era venezolana y enseguida congeniamos. No puedo decir que pensásemos igual ya que la verdad es que tenemos ideas muy distintas de la vida, pero sí puedo decir que, a pesar de nuestras diferencias, nos llevábamos estupendamente, nos respetábamos y nos la pasábamos muy bien juntas.

En mi condición de patosa, viví con ella muchas experiencias que hacían que durante o después de las mismas nos partiéramos de risa, contaré algunas de ellas (he de decir que, en éste momento, me estoy riendo a carcajadas recordando aquellos momentos).

Mary y su acto de magia: "La desaparición de la rosquilla"

La mano derecha de nuestro horrible jefe era una chica muy profesional. Al principio, yo pensaba que era muy antipática, pero lo que realmente hacía era su trabajo, con el tiempo la fui conociendo y hoy en día, a pesar de que nos vemos poco, es una de las pocas amigas que tengo. También creí erróneamente que Mo le contaba a nuestro jefe todo lo que nos pillaba haciendo así que, a veces, cuando estábamos haciendo algo que no deberíamos, procurábamos que Mo no se enterara.

El caso es que nuestro jefe nos había prohibido a comer en la oficina, pero nosotras éramos unas insumisas rebeldes además de unas golosas, así qué, de vez en cuando (y cuando la bestia no estaba, y por bestia me refiero al jefe), alguna de nosotras se escapaba a comprar lo que nos apeteciera picar, -he vuelto a carcajearme sola recordando aquello-

Uno de esos días, nos apetecía comer rosquillas, así que bajé a la panadería y compré un par para nosotras, yo me comí la mía en un bocado, pero Mary estaba atendiendo a un cliente por teléfono y la rosquilla tuvo que esperar un poco. Cuando por fin pudo empezar a disfrutar de su rosquilla yo estaba parada a su lado y Mo entró en nuestro despacho.

Mi primera reacción fue pararme entre Mo y Mary para que la primera no viera lo que estaba haciendo la segunda, pero cuando vi a Mary casi me da un patatús...la pobre del susto, se había metido la rosquilla ENTERA a la boca haciéndola desaparecer y engordando pavorosamente sus mofletes. Para mas INRI, Mo le había preguntado algo y ella sólo acertaba a balbucear ya que tenía aquella enorme rosquilla trabándole las palabras.

Cuando Mo salió de nuestro despacho, no pudimos evitar las carcajadas, bueno, realmente la que se reía a carcajadas era yo ya que Mary intentaba tragarse todo aquello para poder respirar libremente. Cada vez que recuerdo su cara con aquella rosquilla entera en su boca, intentando que Mo no se diera cuenta de que algo estábamos comiendo empiezo a reír sin parar.

Mary, Zara y el pitorro cabrón

Otra de nuestras aficiones era ir de tiendas, aprovechábamos los medio días y nos metíamos en el Centro Comercial para fisgonear en las tiendas y probarnos las cosas. Un día de esos, estábamos en Zara, haciendo una cola enoooorme en caja para pagar y, mientras tanto, yo me acerqué y cogí un frasco de colonia para niños que tenían de muestra y volví a donde Mary para probarlo. Hice lo típico que muchas hacemos para probar una colonia: coloqué mi dedo indice encima del pulverizador del envase, despejé mi muñeca, apunté a ella y presioné el pitorrito...pero ¡claroooo, como no!, yo, patosa empedernida y, escandalosamente despistada, no vi hacia donde estaba el puñetero agujerito del pitorro cabrón y ¡Zas! en toda la cara de la paisana que tenía mas cerca.

Aquella mujer me veía como diciendo "si pudiera te mataba", mientras yo me disculpaba mordiéndome el labio para no soltar la carcajada, a la vez que Mary se volteaba y buscaba desesperadamente no reírse al lado de aquella mujer pero fracasaba estrepitosamente...claro, no ayudaba que yo tampoco me pudiese controlar a pesar de la cara de asesina que tenía la mujer a la que tristemente había rociado de colonia de niños.


domingo, 7 de octubre de 2012

La felicidad de vivir en el campo

Cuando era una niña, mis padres emigraron a Venezuela por lo que yo crecí en Caracas, una ciudad cosmopolita, con mucho tráfico y un ritmo de vida trepidante. Para mí, los animales domésticos se reducían a perros, gatos, hámster, loritos, periquitos, tortuguitas de agua y poco mas.

Los pollos, las vacas, las ovejas y ése "otro tipo" de animal doméstico era aquello que me servían en un plato según lo que escogiera del menú...¡hasta que volví a mi tierra natal! GALICIA. y empecé a experimentar sensaciones totalmente nuevas para mí... que el gallo me despertara con su canto ¡A CUALQUIER HORA!, que los Pavos Reales, aquellos majestuosos animales, chillan de una manera espantosa y también son capaces de sacarte de tus sueños con un susto de muerte.

También descubrí que puedes encontrarte con un rebaño de ovejas ¡en cualquier parte!, y que muchas veces tienes que esperar a que ellas terminen de atravesar la carretera para tú poder mover el coche y continuar tu camino.

Pero a pesar de todo nada se compara a la traumática experiencia que paso a contaros.

Cuando no andamos en coche, los seres humanos solemos conseguir atajos que nos lleven a nuestro destino caminando un poco menos. Uno de esos atajos, me llevaba a atravesar un amplio, verde y precioso campo. Yo la verdad es que disfrutaba muchísimo de esos paseos por "el monte", viniendo de una gran ciudad, es de agradecer vivir rodeada de naturaleza, en una ciudad pequeña en donde nunca hay prisa para nada.

Yo suelo ser muy despistada, sé que mi condición de Patosa me exige que camine usando mis cinco sentidos, atenta a todo para tratar de minimizar los riesgos de sufrir cualquier incidente, pero no, yo, además, soy despistada, por lo que a veces camino y no me doy cuenta de lo que me rodea hasta que no lo tengo encima.

Así iba yo, pensando en la inmortalidad del cangrejo, caminando por aquel campo cuando noté algo distinto en el paisaje...vacas, había vacas por todo el campo...¡y yo en todo el medio!. La mayoría pastaban tranquilamente, otras estaban echadas al sol...pero había una que se estaba acercando a mí. Aquella cosa era enorme y yo, que jamás había tenido cerca a ninguna, -que no fuera humana- no sabía qué hacer. Tenía miedo de correr y que aquella enormidad me persiguiera por el campo, tenía miedo de quedarme quieta y que me pasara por encima o peor aún...que me lamiera, así que opté por seguir caminando despacio sin quitarle la vista de encima y preparada para empezar a gritar como posesa si se me acercaba demasiado.

Se ve que la vaca no tenía ningún interés especial por mí, yo no estaba acostumbrada a compartir mi espacio con ellas, pero desde luego, ellas sí que estaban acostumbradas al ser humano, aunque en ese momento yo era un ser humano desquiciado por el miedo, pero no debió de percatarse.

Salí del campo jurándome que no volvería a cruzarlo si las vacas estaban sueltas y recuperando mi ritmo cardíaco poco a poco.

Tiempo después, el inconsciente hizo su trabajo y las vacas aparecieron de nuevo:

Una mañana me desperté muy cansada, pero estaba totalmente segura de haber dormido toda la noche del tirón, no como esas noches en las que te despiertas una y otra vez viendo pasar las horas del reloj.

Me estaba vistiendo cuando Santo (mi costillo), entra en la habitación con unas ojeras hasta la barbilla:

- Veo que tú tampoco has dormido bien. 
Mirada ceñuda por respuesta
- Pues yo amanecí agotada, no descansé nada en la noche.
- Claro que estás cansada (mirada aún mas ceñuda), si te pasaste toda la noche bajando vacas del armario
- ??????
- Pues eso, que te levantabas e intentabas treparte por el armario para bajar a la p*t* vaca del armario
- ¿Qué hice qué?
- Te levantabas y decías que había una vaca sobre el armario, que había que bajarla para que no se cayera y nos aplastara.

Empecé a reírme como loca, mi pobre marido se había pasado la noche cogiéndome de la mano, metiéndome de nuevo en cama y diciéndome que ya la vaca se había marchado y yo al rato me volvía a levantar porque había otra vaca jajajaja, es lógico ¡en el campo habían muchas de ellas! así que bajar a una sola no era suficiente.

Mientras mas yo me reía, mas cara de circunstancia ponía mi pobre Santo, que resignado estaba a vivir con una patosa pero que no estaba dispuesto a que encima estuviera loca...

De cuando descubrí que era un poco cabrona parte II


Como era de esperarse, a partir de ese incidente empecé a tener verdadero pánico a las clases. Lloraba, gritaba, pataleaba y hasta me agarraba de la puerta de entrada a la piscina  y tenían que tirar de mí para desengancharme, realmente estaba aterrorizada.

Mi miedo creció con el tiempo, ya había pasado el primer nivel y ahora teníamos que "nadar" algunos trozos solos. En aquel entonces, todos seguíamos agarrados de la pared y, por turnos, el profesor (ahora era un chico) nos cogía en brazos y nos separaba de la pared...y nos soltaba desde una distancia prudencial para que llegásemos a la pared de nuevo.

Para mí resultaba realmente traumático que me soltaran, seguramente, aquel evento en mi primer día de clases me había marcado para siempre y no era capaz de superarlo. Compadezco a mi profe, ya que yo, para evitar que me soltara, me agarraba como posesa a su cuello, su pelo...creo que le arranqué un montón de pelo y le dejé muchos mas arañazos...cualquier cosa valía para quedarme pegada a él y, de paso en la superficie del agua...hasta que el muy cabrón empezó a utilizar la técnica de sumergirse para que lo soltara...si quería estar fuera del agua, tenía que intentar nadar ya que mi flotador particular de carne y hueso se hundía en la piscina y, si algo yo no quería, era hundirme.

La distancia que nadábamos cada día, dependía de la decisión del profesor y era medida según las líneas que estaban pintadas en el fondo de la piscina...


Al nadar a lo ancho de la piscina, cada una de esas líneas del fondo eran nuestro punto de partida, a veces, nadábamos desde la segunda hasta la pared, o desde la tercera...todo según tuviera el día el profe. Lo mejor que nos podía pasar es que fuese desde la primera, pero eso era un premio que rara vez nos daban.

Quedaos con la imagen y la explicación...pronto volveremos a ella.

Un día cualquiera, estaba yo en el parque infantil del club (he de decir que era la Hermandad Gallega de Venezuela) cuando mi madre me fue a buscar para prepararme para la clase de natación.

Yo en ese momento estaba columpiándome en un columpio muy largo y estaba tomando algo de altura:

-Venga Pato, que tienes que cambiarte para la clase
-Un momento mami, déjame enseñarte lo que hago...

Empecé a columpiarme con mas ímpetu y tome una altura considerable. Mi pobre madre, no pilló mis intenciones hasta que ya fue demasiado tarde...cuando llegué a lo alto, me solté del columpio para caer de pie triunfante... Juro que ya lo había hecho en mas de una ocasión, pero como ya iréis viendo, cada vez que quiero enseñar cómo hago algo siempre me sale mal.

El caso es que volé por los aires y, cuando toqué tierra (bueno, tierra no...cemento que es peor), lo hice de rodillas y no pude evitar la inercia y metí la frente contra el suelo...¡Tremendo carajazo!

Mi madre salió corriendo conmigo para la enfermería mientras mi frente iba creciendo por momentos y cambiaba de color y las risas de los otros niños que estaban en el parque flotaban hasta mis oídos. Me revisó la enfermera, me revisó el médico y yo, la verdad estaba muy contenta ¡NO TENDRÍA QUE IR A CLASES DE NATACIÓN ESE DÍA!, hasta que mi madre le preguntó al médico si podía asistir a la clase.

Teniendo en cuenta que mi frente parecía la de un unicornio joven, pensé que era imposible que me dejasen nadar pero ¡NO!, el médico ha dicho que sin ningún problema ¿alguien se lo puede creer?, el caso es que me llevaron a clases de natación llorando y pataleando como siempre. Cuando llegué, mis compañeritos ya estaban dentro de la piscina con cara de miedo porque pronto los irían soltando para que patalearan, bracearan y tragaran agua como locos para llegar a la pared.

Yo me quedé de pié en el borde de la piscina, y mi profe, que en realidad era un encanto propuso:

Como hoy Pato viene a clases algo lesionada, ella va a decidir desde qué línea nadamos hoy.

Aquello me tomo por sorpresa, y entonces vi las caras de profunda satisfacción de mis compañeros, todos tan felices e ilusionados porque aquello venía a decir que nadarían desde la primera línea, entonces recordé las risas del parque y fue cuando algo raro se me metió en el cuerpo...bueno, no se metió si no que ¡despertó! y, ante la ilusionada mirada de mis hasta ese momento "amiguitos" solté: Desde la quinta línea profe. (Si veis de nuevo la imagen, veréis que es un poco mas de media piscina)

Jamás voy a olvidar las caras de estupor de todos esos niños, yo, la llorona de la piscina, los había condenado a uno de sus peores días de clases y yo descubrí en ese mismo instante que ¡Me encantaba la natación!.

Por un lado me sirvió para eliminar mis miedos y no tuvieron que obligarme mas a ir a clases. Por otro lado, sé a ciencia cierta cuál fue el primer acto "cabrónico" de mi vida (jijiji) y que desde ese momento, yo disfrutaría también de que mi Patosidad arrastrase a alguien conmigo y poder resarcirme aunque sea un poquito de las carcajadas que me persiguen.

De cuando descubrí que era un poco cabrona parte I


Cuando tenía 5 años mi madre mi inscribió en clases de natación. Pero no en una escuelita cualquiera si no en una bien importante a nivel nacional con muchos trofeos y medallas ganadas por sus nadadores y que estaban expuestas en las vitrinas para orgullo de todos (y acojone de los que estábamos empezando).

Para mi primer día estaba mas contenta que unas pascuas, mis primas, a las que yo adoraba, también nadaban allí aunque ya estaban algo mas avanzadas, y yo las quería y admiraba tanto (aún lo hago) que me entusiasmaba muchísimo poder hacer lo que ellas hacían.

La verdad es que no recuerdo a la profesora, -aunque creo saber el motivo de que mi memoria la haya bloqueado-, pero sí recuerdo mi alegría y mi entusiasmo y, muy especialmente, recuerdo el posterior motivo por el que después no quise volver mas nunca.

Luego de un rato de calentamiento fuera del agua, la profesora nos fue metiendo uno a uno (éramos unos 15 niños) en la piscina, todos estábamos agarraditos al borde como si se nos fuese la vida en ello y luego de un rato de patalear vino el siguiente ejercicio...

La cosa consistía en sujetarte a una tabla que flotaba, (en mis tiempos eran blancas y las hacían de un material parecido al poliexpan -a lo mejor no era parecido si no que era poliexpan-, hoy en día las hacen de otros materiales y son de colorines y muy chulas)...pues eso, te sujetabas a la dichosa tablita con las manos y empezabas a patalear por la piscina hasta llegar al otro lado.

¿Crées que puedes hacerlo sóla? -Le pregunta a una niña de 5 años en su primer día de clases, una profesora de natación que, todo hay que decirlo, no se había quitado ni las deportivas-
!Claro! -responde ésa niña de 5 años que no ve complicado dar patadas mientras va sujeta a una tabla que FLOTA....¡Claro que pensaba que podía!, ¡Yo siempre pienso que puedo! y a los cinco años aún mas.

Ésta es la piscina en donde nadábamos, las clases se impartían a lo ancho en la parte mas angosta de la T, por lo que salíamos de una pared a la otra agarrados a nuestra tablita.

Salí llena de entusiasmo pataleando por la piscina ¡que cosa mas divertida! y, justo en el medio (a unos diez metros de cada pared) la tabla se me ha resbalado y yo empecé a hundirme. Llegaba al fondo (metro y medio) me impulsaba desde el suelo y lograba salir a tomar aire...extrañamente, mi profesora lo único que hacía era dar voces desde el borde de la piscina en vez de lanzarse a sacarme...pero claro, ¿Cómo iba a hacerlo si aún estaba vestida?, no es por nada, pero una niña de cinco años no puede pretender que su profesora de natación corra el riesgo de arruinar lo que seguramente sería un chandal monísimo para sacarle del apuro en el que ella solita se metió...¡Haber dicho que no sabía hacerlo antes ¿no?!.

Fue el profesor de otro grupo de niños el que se lanzó a la piscina y me sacó ¡Gracias Daniel, eres mi héroe!

Sé que a la profesora no la despidieron porque recuerdo que a partir de ese día ella me acompañaba a cruzar la piscina con la tablita, (aunque juro que no recuerdo su cara) pobre mujer, tener que tropezar con una Patosita en su clase que la obligara a meterse en el agua de una clase de natación de niños que están dando sus primeros pasos ¡Habrase visto!

Definición


Los patosos somos aquellos que, básicamente, vivimos rodando por el suelo (o haciendo que sean otros los que rueden por nuestra causa). 

También se nos identifica por la facilidad que tenemos de "reacomodar" la decoración de cualquier estancia, ya sean cuadros, jarrones, ceniceros, etc, objetos éstos que, normalmente, no sobreviven intactos a nuestro particular "reacomodo".

Somos especialistas en dejar nuestra huella (en forma de copa de vino derramada sobre el mantel"cuando no rota la copa también") en todo evento gastronómico al que asistamos, lo que muchas veces hace que nuestros familiares terminen por ponernos vasos de plástico para evitar, por lo menos, perder la copa, -ya que la factura de la tintorería va a ser ineludible- 

En mi caso, voy un poco mas allá. A mayores de lo anteriormente descrito, la gente que me conoce mucho no se sienta NUNCA delante de mí en ninguna comida, porque, además de que seguramente mi vino (o incluso el de mis vecinos) correrá por la mesa, suelo atragantarme con mucha facilidad, máxime si están contando chistes justo cuando una va a deglutir (bendita sea la RAE on-line) el alimento en cuestión (¿a quién carajo se le ocurre contar chistes mientras se come?). El caso es que mas de un pobre inocente, ha terminado "cubierto" por el "bolo alimenticio" de mi boca, situación que no es nada agradable para la víctima a pesar de que a mí me dé por escoñarme de risa.

Sí sí, aunque os suene mal me escoño de risa, y lo hago por el placer de la revancha después de tantos años escuchando a la gente escoñarse a mi costa cada vez que me caigo o tengo algún altercado con el mobiliario urbano (farolas, bancos, papeleras...). Hay veces, que, incluso, el viento me trae las carcajadas lejanas de la gente que presenció alguno de mis momentos mágicos y que ya están a bastante distancia en el tiempo y el espacio ¡PERO SE SIGUEN RIENDO!.

La verdad es que puedo comprenderles, ya que después de "el incidente de turno" yo también me parto de la risa a mi costa ¡es inevitable!, lo que me hace pensar que tal vez me río de las víctimas de mi lluvia alimentaria porque soy un poquito cabrona...buenooooo, sí, lo soy y lo sé desde bien pequeñita...tenía unos cinco años cuando lo descubrí, aunque tardé un poco mas en interiorizarlo...pero esa es otra historia.