domingo, 7 de octubre de 2012

De cuando descubrí que era un poco cabrona parte I


Cuando tenía 5 años mi madre mi inscribió en clases de natación. Pero no en una escuelita cualquiera si no en una bien importante a nivel nacional con muchos trofeos y medallas ganadas por sus nadadores y que estaban expuestas en las vitrinas para orgullo de todos (y acojone de los que estábamos empezando).

Para mi primer día estaba mas contenta que unas pascuas, mis primas, a las que yo adoraba, también nadaban allí aunque ya estaban algo mas avanzadas, y yo las quería y admiraba tanto (aún lo hago) que me entusiasmaba muchísimo poder hacer lo que ellas hacían.

La verdad es que no recuerdo a la profesora, -aunque creo saber el motivo de que mi memoria la haya bloqueado-, pero sí recuerdo mi alegría y mi entusiasmo y, muy especialmente, recuerdo el posterior motivo por el que después no quise volver mas nunca.

Luego de un rato de calentamiento fuera del agua, la profesora nos fue metiendo uno a uno (éramos unos 15 niños) en la piscina, todos estábamos agarraditos al borde como si se nos fuese la vida en ello y luego de un rato de patalear vino el siguiente ejercicio...

La cosa consistía en sujetarte a una tabla que flotaba, (en mis tiempos eran blancas y las hacían de un material parecido al poliexpan -a lo mejor no era parecido si no que era poliexpan-, hoy en día las hacen de otros materiales y son de colorines y muy chulas)...pues eso, te sujetabas a la dichosa tablita con las manos y empezabas a patalear por la piscina hasta llegar al otro lado.

¿Crées que puedes hacerlo sóla? -Le pregunta a una niña de 5 años en su primer día de clases, una profesora de natación que, todo hay que decirlo, no se había quitado ni las deportivas-
!Claro! -responde ésa niña de 5 años que no ve complicado dar patadas mientras va sujeta a una tabla que FLOTA....¡Claro que pensaba que podía!, ¡Yo siempre pienso que puedo! y a los cinco años aún mas.

Ésta es la piscina en donde nadábamos, las clases se impartían a lo ancho en la parte mas angosta de la T, por lo que salíamos de una pared a la otra agarrados a nuestra tablita.

Salí llena de entusiasmo pataleando por la piscina ¡que cosa mas divertida! y, justo en el medio (a unos diez metros de cada pared) la tabla se me ha resbalado y yo empecé a hundirme. Llegaba al fondo (metro y medio) me impulsaba desde el suelo y lograba salir a tomar aire...extrañamente, mi profesora lo único que hacía era dar voces desde el borde de la piscina en vez de lanzarse a sacarme...pero claro, ¿Cómo iba a hacerlo si aún estaba vestida?, no es por nada, pero una niña de cinco años no puede pretender que su profesora de natación corra el riesgo de arruinar lo que seguramente sería un chandal monísimo para sacarle del apuro en el que ella solita se metió...¡Haber dicho que no sabía hacerlo antes ¿no?!.

Fue el profesor de otro grupo de niños el que se lanzó a la piscina y me sacó ¡Gracias Daniel, eres mi héroe!

Sé que a la profesora no la despidieron porque recuerdo que a partir de ese día ella me acompañaba a cruzar la piscina con la tablita, (aunque juro que no recuerdo su cara) pobre mujer, tener que tropezar con una Patosita en su clase que la obligara a meterse en el agua de una clase de natación de niños que están dando sus primeros pasos ¡Habrase visto!

No hay comentarios:

Publicar un comentario