Mi primer empleo en España para mí fue una cruz, trabajaba con un déspota muy educado, que era capaz de minar tu autoestima y profesionalidad con las frases mas educadas que te podías echar a la cara.
Para mí, el paso del tiempo en aquel lugar constituía mi infierno particular en la tierra pero Dios me envió a un Ángel para que compartiera conmigo aquella carga y me ayudara a sobrellevarlo.
Mary empezó a trabajar conmigo, también era venezolana y enseguida congeniamos. No puedo decir que pensásemos igual ya que la verdad es que tenemos ideas muy distintas de la vida, pero sí puedo decir que, a pesar de nuestras diferencias, nos llevábamos estupendamente, nos respetábamos y nos la pasábamos muy bien juntas.
En mi condición de patosa, viví con ella muchas experiencias que hacían que durante o después de las mismas nos partiéramos de risa, contaré algunas de ellas (he de decir que, en éste momento, me estoy riendo a carcajadas recordando aquellos momentos).
Mary y su acto de magia: "La desaparición de la rosquilla"
La mano derecha de nuestro horrible jefe era una chica muy profesional. Al principio, yo pensaba que era muy antipática, pero lo que realmente hacía era su trabajo, con el tiempo la fui conociendo y hoy en día, a pesar de que nos vemos poco, es una de las pocas amigas que tengo. También creí erróneamente que Mo le contaba a nuestro jefe todo lo que nos pillaba haciendo así que, a veces, cuando estábamos haciendo algo que no deberíamos, procurábamos que Mo no se enterara.
El caso es que nuestro jefe nos había prohibido a comer en la oficina, pero nosotras éramos unas insumisas rebeldes además de unas golosas, así qué, de vez en cuando (y cuando la bestia no estaba, y por bestia me refiero al jefe), alguna de nosotras se escapaba a comprar lo que nos apeteciera picar, -he vuelto a carcajearme sola recordando aquello-
Uno de esos días, nos apetecía comer rosquillas, así que bajé a la panadería y compré un par para nosotras, yo me comí la mía en un bocado, pero Mary estaba atendiendo a un cliente por teléfono y la rosquilla tuvo que esperar un poco. Cuando por fin pudo empezar a disfrutar de su rosquilla yo estaba parada a su lado y Mo entró en nuestro despacho.
Mi primera reacción fue pararme entre Mo y Mary para que la primera no viera lo que estaba haciendo la segunda, pero cuando vi a Mary casi me da un patatús...la pobre del susto, se había metido la rosquilla ENTERA a la boca haciéndola desaparecer y engordando pavorosamente sus mofletes. Para mas INRI, Mo le había preguntado algo y ella sólo acertaba a balbucear ya que tenía aquella enorme rosquilla trabándole las palabras.
Cuando Mo salió de nuestro despacho, no pudimos evitar las carcajadas, bueno, realmente la que se reía a carcajadas era yo ya que Mary intentaba tragarse todo aquello para poder respirar libremente. Cada vez que recuerdo su cara con aquella rosquilla entera en su boca, intentando que Mo no se diera cuenta de que algo estábamos comiendo empiezo a reír sin parar.
Mary, Zara y el pitorro cabrón
Otra de nuestras aficiones era ir de tiendas, aprovechábamos los medio días y nos metíamos en el Centro Comercial para fisgonear en las tiendas y probarnos las cosas. Un día de esos, estábamos en Zara, haciendo una cola enoooorme en caja para pagar y, mientras tanto, yo me acerqué y cogí un frasco de colonia para niños que tenían de muestra y volví a donde Mary para probarlo. Hice lo típico que muchas hacemos para probar una colonia: coloqué mi dedo indice encima del pulverizador del envase, despejé mi muñeca, apunté a ella y presioné el pitorrito...pero ¡claroooo, como no!, yo, patosa empedernida y, escandalosamente despistada, no vi hacia donde estaba el puñetero agujerito del pitorro cabrón y ¡Zas! en toda la cara de la paisana que tenía mas cerca.
Aquella mujer me veía como diciendo "si pudiera te mataba", mientras yo me disculpaba mordiéndome el labio para no soltar la carcajada, a la vez que Mary se volteaba y buscaba desesperadamente no reírse al lado de aquella mujer pero fracasaba estrepitosamente...claro, no ayudaba que yo tampoco me pudiese controlar a pesar de la cara de asesina que tenía la mujer a la que tristemente había rociado de colonia de niños.
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